La vida de Isis fue complicándose poco a poco cada vez más, Córdoba quedaría atrás y Buenos Aires sería el nuevo destino.
Así continuó esta historia:
En Buenos Aires la propietaria y la gata se instalaron en la casa de la abuela, con quien tenía una relación aceptable aunque mordió y arañó varias veces sus manos cuando trataba de acariciarla.
Tres meses después, compartieron durante un mes y medio un departamento con el hermano de la propietaria, quien a su vez convivía con un gato y un perro, allí también permaneció encerrada en una habitación ya que tres veces hubo peleas intensas con el gato, que la perseguía, acorralaba y atacaba (lo que demuestra que él tampoco la estaba pasando bien). Durante ese período, Isis cambió la relación con su propietaria, la ignoraba y si, por algún motivo, se veía obligada a acercarse lo hacía temerosa y con postura agazapada, atenta y preparada para escapar si fuera necesario, cuando la dueña estaba dormitando subía a la cama, la observaba y olfateaba, y después de un rato se recostaba a descansar a su lado. Ya no jugaba, comía poco y permanecía mucho tiempo escondida y aislada.